| |
Volver a soñar
Desde que somos pequeños soñamos con mundos
increíbles donde nosotros somos el personaje
principal y donde nos pasan un sinfín de
aventuras con final siempre feliz. A medida que
crecemos perdemos esa capacidad de soñar y la
vida nos devuelve una y otra vez a un mundo un
tanto más gris que el de nuestros sueños. Aunque
a veces puede pasar que algo cambie…y de paso, a
que al menos nos llegamos a sentir felices con
nuestra pequeña vida.
Durante los
últimos 22 años, sólo en pocas ocasiones había
sentido atisbo de felicidad, pero habían sido
tan breves y tan escasas, que la verdad no me
atrevería, ni por lo más remoto a decir, ni
siquiera a pensar, que era una persona FELIZ.
Era la
tercera de cuatro hermanos; una infancia de
estrecheces y pocos cariños caseros; unos padres
que trabajaban demasiado en el negocio familiar;
un bar de barrio y yo, una chica normal,
demasiado normal. Sólo mi imaginación me salvó
de una infancia anodina. Llegué a mi
adolescencia de la que no disfruté demasiado. Un
padre estricto y ennoviada demasiado joven, pasó
lo que tenía que pasar: embarazada con 16. Así
que, mi primer hijo a los 17 y gemelos a los 21.
Repetía el triste patrón de mis padres. Mi
marido se hizo cargo del bar y yo ayudando, lo
que dije que nunca haría. Pero nunca creí
bastante en mi misma y por supuesto nunca luche
por nada de lo que deseaba. Como decía mi amiga
Laura, si no hacía algo yo, nadie iba a venir a
hacerlo por nosotras. Así, entre discusiones con
mis hijos, trabajo y trabajo y la verdad, una
relación con poco amor con mi marido, y dos
amigas a las que apenas tenía tiempo para
dedicar, fueron pasando los años.
Cada vez que
miraba atrás me deprimía, pero mirar hacia
delante era aún mas desolador. Ya ni siquiera
soñaba, ¿Cuánto tiempo hacía que había dejado de
soñar con algo mejor? El paso lento y agobiante
de mi vida me había robado esa capacidad. La
muerte repentina de mi madre y el tener que
hacerme cargo de mi padre, me sumió en una
verdadera depresión. El carácter de mi padre no
ayudaba mucho. Mi hijo mayor decidió irse con su
tío al pueblo y hacerse cargo de su granja.
Isabel se fue a vivir con su novio, algo que
creó bastante discordia en casa y Pedro, el
gemelo, el único que estudiaba, seguía en casa.
El tiempo que
estuve a cargo de mi padre, apenas iba por el
bar. Tenía poca relación con mi marido. El
llegaba tarde y yo me levantaba pronto. Un día
mi amiga Laura me avisó de que algo pasaba con
mi marido y una vecina del portal 9.
Efectivamente, en mi ausencia se habían hecho
amantes.
Tuvimos
varias discusiones pero no parecía que él
deseara cambiar esa situación, así que después
de una gran discusión, un lunes por la noche, me
dijo que se iba de casa. Hundida, así me quedé.
Lo único que sustentaba mi entorno LA FAMILIA,
se caía, se derrumbaba.
A los pocos
meses mi padre falleció, y ahora me sentía sola,
vacía y muy deprimida. Laura, mi amiga soltera,
trabajadora y sin cargas, me animó a que hiciera
un viaje con ella. Como ella decía: lejos, a
otros mundos, a mundos con los que alguna vez
soñé. Después de varias semanas de insistencia,
nos sacamos nuestros billetes a la India y la
verdad es lo único que ha dado sentido a mi
vida.
Con 38 años y
bastante amargura a cuestas, descubrí de lo que
podía ser capaz si me lo proponía. Allí
conocimos a Carmen, directora de un hospicio en
Delhi, y me abrió los ojos a las posibilidades
que tenemos como individuos y un nuevo capitulo
de mi vida empezó a escribirse.
A la vuelta a
España, y para sorpresa de mi poca familia,
decidí poner el bar en venta, y el piso también.
Deje la casa del pueblo para los chicos y,
cuando todo estuvo en orden, me despedí y me fui
a Delhi, a ayudar a Carmen en su labor.
Ahora ya no
miro atrás con amargura, si con cierta tristeza
por el tiempo perdido y por haberme dejado
llevar. Pero ahora, al menos, disfruto del
presente y veo el futuro con mucho más
optimismo. Me siento llena, me siento bien y,
además. Enamorada. Enamorada de la vida y de
Rahid, un médico de 54 años que nos ayuda un par
de días en el hospicio. Y he vuelto a soñar.
Así, de repente, me lo puedo permitir. Creo que
mi mayor error fue perder este don: el de la
ilusión, el de los sueños, el de creer que todo
es posible, sólo, si lo deseamos.
|