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Billete de ida y vuelta, por favor.
Continuamente tomamos decisiones a lo largo del
día. Nos gusten o no sus consecuencias. ¿Pero,
qué pasaría si pudiésemos volver atrás y cambiar
de decisión...?
Barcelona, 17 de Noviembre de 2006
Como un día
más, se presenta a su hora en la oficina del
trabajo. Todo transcurre tranquilamente, pero lo
que él no sabía era que ese día se le iba a
quedar grabado en su memoria.
Son las ocho
menos diez de la tarde. Suena el teléfono. Gira
la cabeza hacia su derecha para ver quién lo
llama. Se muestra en pantalla “abuelo”… El
teléfono no para de sonar. El entiende que está
trabajando y no ve la necesidad de responder a
la llamada. Sigue sonando el teléfono. Le dan
ganas de anular la llamada, pero prefiere dejar
que siga sonando el teléfono.
Los
compañeros de trabajo le dicen que si quiere
puede responder. Pero prefiere seguir con su
trabajo y esperar a que lo vuelvan a llamar para
responder. Nunca hubo una segunda llamada.
Siguen transcurriendo las horas y la tarde en su
trabajo cuando nuestro peón decide que ya es
hora de volver a casa. Sabe que la llamada queda
pendiente pero ni se molesta en devolver la
llamada, ha tenido una tarde agotadora y solo
quiere volver a casa para descansar. El ingenuo
del peón tomó una decisión que a la larga le iba
a traer consecuencias que ni él mismo esperaba.
Barcelona, 18 de Noviembre de 2006
Una noche
fría se nos presenta. Son las cuatro y media de
la mañana. Suena el teléfono de casa. No hay
ganas de levantarse y responder a la llamada.
Sigue en su cálida cama. Vuelve a sonar el
teléfono. Es una llamada larga y continua, pero
el ingenuo del peón decide no responder a la
llamada.
En esos momentos le pasan muchas ideas por su
cabeza, ¿Quién será?... Pasan varios minutos
tranquilamente cuando de nuevo vuelve a sonar el
teléfono. Esta vez, y ante las continuas
llamadas de alguien, decide responder. Con
voz adormecedora responde… Tras varios minutos
de conversación se cuelga el teléfono.
En estos momentos la vivienda es rodeada por un
fino hilo de silencio y de frialdad. Como si
algo se hubiese tragado la vivienda. Las paredes
blancas se aproximaban rápidamente a cada
inquilino de la vivienda. Algo estaba pasando.
Se podía respirar aire helador que se introducía
suavemente en sus pulmones. Era un frío
desgarrador. No hacia falta preguntar qué fin
tenía la llamada pues los ojos del inquilino que
respondió hablaban por sí solos. Se podía
observar como se inundaban sus ojos en un
profundo mar azul, rostro pálido, temblor en las
manos, derrumbado en el sofá…etc.
Así era; el abuelo había fallecido, aquel al que
nuestro ingenuo de peón no decidió responder a
su llamada el día anterior.
Ante la impotencia de saber qué hacer decidió
volverse a la cama, a su cálida cama, para ver
si se podía quitar esa frialdad que le recorría
el cuerpo como la sangre recorre nuestro cuerpo.
Se acurrucó con las sábanas para entrar en
calor, pero todo era en vano, no había forma….
Se quedó bloqueado en la cama, sin saber si lo
que acababan de presenciar era cierto o un
simple sueño.
Varias lágrimas empezaron a recorrer su rostro,
frías ellas como el resto de su cuerpo. No había
forma de parar ese río de lágrimas. Se dio
cuenta de que lo que acaba de presenciar era la
realidad. Todo su alrededor se bloqueó ante él.
Las paredes se alejaron ante sus húmedos ojos.
Era consciente de lo que había pasado.
Barcelona, 17 de Noviembre de 2007
Estos dos días se le quedaron grabados en lo más
profundo de su alma, a sabiendas de que no puede
volver atrás y cambiar la decisión de responder
a la primera llamada de un día como aquel.
Siempre le quedará la duda y la pregunta… ¿Qué
había detrás de esa llamada? Tal vez un adiós.
Nunca lo sabrá, ¿son casualidades de la vida que
la persona que fallece te llame en su último día
y que seas tú su última llamada?
Ahora es cuando el peón se plantea coger un
billete de vuelta y obtener una respuesta, pero
sabe que eso no puede ser. La impotencia y la
necesidad de saber que había en esa llamada le
supera cada 17 de Noviembre.
Simplemente, por no coger una llamada vive así
cada día, con la incertidumbre de que un 17 de
Noviembre suene de nuevo el teléfono y responder
para obtener una respuesta. Aún sigue
esperándola. Lágrimas frías vuelven a recorrer
su rostro, bajando lentamente para sentir aún
más el frío por su rostro. Se le junta la
impotencia de saber que fue a él a quien llamó y
de que de él dependía únicamente responder. Dejó
pasar la oportunidad. Tomó una decisión. La vida
esta llena de decisiones, decisiones que marcan
un rumbo en nuestra vida, decisiones que
queramos o no decidimos elegir. No tenemos
billete de vuelta para solucionar nuestro pasado
o averiguar que pasaría si escogiéramos la otra
opción.
Todos nosotros en nuestros malos momentos nos
agarramos a lo que sea para intentar superarlo:
familia, amigos, religión…, luchamos siempre
contra nosotros mismos y ¿qué ganamos? Unos
minutos de felicidad. Porque, aunque no
queramos, nuestros temores siguen ahí.
Son decisiones que tomamos, unas buenas, otras
con muchas dudas. A la larga… no tomamos
decisiones incorrectas o ¿si? Tal vez todo lo
que hacemos en nuestro camino por la vida tenga
una meta, ¿Quién sabe…? Son preguntas con
difíciles respuestas.
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