Seguramente en los últimos días o momentos hemos hablado con alguien de la crisis económica que nos rodea
Seguro también que en esa conversación han salido frases como las bajadas de las ventas de un sector o sectores determinados, de algún conocido que ha perdido su puesto de trabajo, de cómo ha disminuido la gente que sale los fines de semana…
Aunque un día no hablemos con nadie sobre este tema, ya están ahí los medios de comunicación -la prensa, radio y televisión- para recordárnoslo, pese a
que a algunas personas no les hace falta ningún recordatorio porque lo viven desgraciadamente en primera persona ya que están con el trabajo en un hilo y por otro lado, el banco les está acuciando con el pago de la hipoteca, recibos, etc.
Desde luego este bombardeo de información sobre la crisis nos pasa factura en nuestro estado de ánimo, ya que nos hace ser pesimistas y no nos deja disfrutar en todo momento de las cosas buenas que nos rodean haciendo que tengamos síntomas de desmotivación en cuanto a emprender nuevas actividades y desilusión en las ideas que teníamos forjadas anteriormente, relacionadas con el futuro profesional de nuestros hijos o familiares más allegados.
Cada vez se sale menos a cenar, a comer, de compras… Unos porque realmente están pasando por una situación penosa, y otros, porque por miedo a lo que les pueda ocurrir en el futuro, tratan de gastar lo menos posible. Esto trae consigo otros perjuicios: si no compramos, sobra gente en las tiendas; si
no vamos a cenar, sobra personal en los restaurantes con lo que los dueños se verán obligados a despedir a sus empleados y las filas del paro se incrementarán a pasos agigantados. En definitiva, todo es un castillo de naipes.
Si nos fijamos en los jóvenes de nuestro alrededor, ya no vemos lo mismo que hace unos años, cuando terminaban su carrera -o algunos ni eso- y siempre se encontraba un puesto de trabajo que les permitía abandonar la casa de sus padres, comprarse una vivienda e incluso formar una familia -pues también la otra parte normalmente disponía de un trabajo- lo que les permitía vivir conforme a sus posibilidades. Ahora nuestros jóvenes, a pesar de estar bien preparados y conectados a las nuevas tecnologías, en la mayoría de los casos tienen que vivir con sus padres porque no pueden afrontar el pago de una hipoteca -ya que la falta de trabajo les impide ser autónomos-, y muchos de los padres, con hijos en edad considerada adulta, tienen que seguir sufragando los gastos a los que sus chicos no pueden hacer frente.
El concepto de mileurista, que se puso muy de moda, desgraciadamente ya ha quedado obsoleto. Ahora, la generación de hombres y mujeres de entre 18 y 24 años recibe otros nombres que implican tan poco o incluso menos futuro que aquél con el que distinguíamos a quienes cobraban sueldos que rozaban los 1.000 euros.
En la época de “bonanza”, muchas parejas que habían cumplido entre 25 y 30 años renunciaban a tener descendencia para disfrutar de su desahogo económico: con dos sueldos y un alquiler o una hipoteca razonable, a veces hasta lograban mantener un nivel de vida alto. Se convirtieron así en el objetivo al que numerosas agencias de publicidad dirigían sus anuncios y sobre el que se volcaban las agencias de viajes ofertando todos sus servicios: aviones, vacaciones, etc. con prioridad sobre quienes tenían cargas familiares y por ello no podían hacer uso de dichos servicios.


